Aquí nos desnudamos...


Gustav Klimt





















Felicidad


Es frágil, merece ser tomado suavemente,
acariciarlo y dejarte acariciar, leve
la luz cubre y estalla entre las ramas
pero su verde es otro, se decanta
como las miradas que cruzamos.
Lo dicho es insustancial, sólo palabras,
mutaron en aire y luego en olvido...
Tensar del instante como de un hilo
que va desde manos a retinas
enhebrándonos, seres vulnerables,
olvidables. Aquí nos desnudamos,
fracción ínfima, tanto es imperceptible,
durante ella dejamos de ser inservibles.
Fuimos unos con otros, unos a otros: felices.







Hay muertes...  


Hay mil formas de morirse, valen
impensadas unas, otras inevitables,
las hay piadosas, ninguna preferida,
pero ay..., el horror de morirse en vida.
Que ella, la muerte, se exponga, lacerado
cuerpo, mente arrasada, tortura en solitario.
La muerte se entierra, se crema, se olvida,
se desgaja y muta a memorias vividas.
No a esta apropiación prolongada, póstuma,
esta exhibición desmedida de lo abyecto.
Ay dolor... tanto para los mínimos cuerpos...
tanto para los seres entorno. Hay tiempos
de vivir y de morir, ay trastocados tiempos.






















Gustav Klimt

Invaden voces de pájaros...

































En las sierras


Verdes contrastantes,
expuesta así la tarde
se despliega y deslumbra,
pinos que lucen cargados,
gotas ínfimas de lluvia,
brillos bajo un sol incierto...
Todo rota como las nubes,
se balancean hojas, descubren
retazos de inifinito celeste,
allí hay presencias mínimas,
y el aire como materia viva...
tierra y agua, dimensiones vivas.
Mansedumbres y contrastes,
nada, nadie permanece estable.
Equilibrio, belleza y entorno,
urdimbre de las esencias,
suma de mínimos cosmos.

































Vacaciones


Me extiendo al sol, me relajo,
bebo visiones, muerdo otros paisajes,
me harto de tenerte a mi lado...
El afuera seguirá igual de ingrato,
lo ignoro... Invaden voces de pájaros,
llenan los huecos del aire. Respiro.
Aquí, a brazadas de agua, acaricio
la mansedumbre, la dulce incerteza.
Me aferro, son días para flotar en bella
insensata rutina. No lo divulgues: gozo,
suspendida así a brisas del aire: floto.




































Otras voces


Acallar el sacrilegio vano de la voz,
de los ajenos, artificiales sonidos, dejo
que el afuera entre en mí, sea pájaro, rumor
de gotas que caen y esta entrometida lluvia,
las piedras bajo mi suela crujen y hablan,
olores de las hojas, de las maderas mojadas,
estos mínimos humores hacen sierras y tarde,
las delatan, nos gestan como habitantes.



Fotografías: Elisa V. Rezzonico

La piedra apilada sobre las piedras...



























Texto pétreo


Muros para calarlos a simple balcón,
paredes trepadas a enredaderas,
el cielo se florece, claustros, veredas,
la piedra apilada sobre las piedras...
Inspiro tu celeste, bebo de la luz,
sabor a salitre, a sombras frescas.
Las voces se confunden, una inaudible
dentro de vos nace secular, perpetua.
Me dejo acunar como en una balsa,
peñón de siglos, dolores, supervivencias.
La vida expone sus batallas, Cartagena.






































América latina (desde Colombia)



No es mi tierra y sin embargo
los lenguajes se unifican a contrastes,
a ancestrales dolores, los hablamos....
Vidas conjugadas, vidas confundidas,
los gestos se asemejan, se duplican.
La calle vocifera rasgos, reiteradas medidas
de supervivencia. Sumar pigmentos,
mixturar las decepciones, los anhelos...
Detrás van siglos de sojuzgamiento,
como aluviones inmigrantes, somos esto
que vibra, miente, se rinde, rebela, late.
El sol expansivo nos corona, fortuitos
vamos navegando por tu sangre.



























Cartagena


Ciudad suma de los nombres, Cartagena,
la vieja amurallada y la viviente,
rumores del hoy contra las piedras...
Mutación de lugares, de contextos,
la eternidad es este simple enredo,
todo es vano, imperdurable, no importa
la secular urdimbre de las historias.
Muros acariciados, son nuestras las manos,
los ojos que recortan cielos, el trazo
invisible de caminarte hasta el cansancio.
Vale vivir, los nombres, tantos, se deshilan
y en el viento del atardecer son fibras,
hilos de desmemoria. El mar y la noche,
silábicos, delatan la oquedad de las voces.


Fotografías: Elisa V. Rezzonico